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Algodón de azúcar


13 de junio de 2017; Contexto: Centro de Texcoco; fiesta patronal (celebración) de San Antonio (de Padua)

Recordé mi infancia, aunque a decir verdad, los algodones de azúcar no fueron imprescindibles en mi vida, creo.
En torno a esa azúcar esponjosa, pude notar:
  1. Los niños son maravillosos, se entusiasman con cualquier cosa
  2. Hay discrepancias entre las ilusiones y la realidad
  3. Los pequeños detalles están en todos lados, o casi

Cachos de algodón de azúcar volando. La mayoría de la gente trataba de agarrar uno de esos pedacitos (o si tenían suerte, pedazotes) voladores aunque había algunas personas que ni siquiera notaban su presencia; noté que un hombre se deshizo, molesto, del cachito que se le había pegado en el hombro …

Los más entusiasmados y sorprendidos eran los niños (y las niñas), era notable su interés y antojo cuando pasaban por el puesto. Algunos miraban rápidamente, probablemente resignados, sabiendo que no había posibilidad de que se los compraran.

En esta ocasión, presencié varios casos de éxito* en los que la forma de proceder era la siguiente: los niños emocionados iban y le preguntaban al vendedor cuánto costaban esas delicias azucaradas; $30 contestaba sin muchas ganas y como ignorándolos. La mirada de los niños se iluminaba, sonreían, se emocionaban; seguramente conseguirían su algodón sin mucho problema. Los pequeños velozmente corrían y tras unos instantes volvían con sus padres, éstos se encargaban de pagar.
Mientras la nube colorida se formaba, la impaciencia era notable y la ilusión perceptible.
La alegría cuando tenían el anhelado dulce en las manos era tal, que unas lágrimas de felicidad me llenaron los ojos.

* Una historia de  perseverancia y deleite: un niño, delgado y de unos ocho años, estaba cazando esos pedazos voladores con gran ahínco; en un momento dado una bola de algodón, considerablemente grande, cayó al piso. El niño lo recogió, fue a donde sus padres y lo mostró con orgullo, estuvo a punto de metérselo a la boca pero se detuvo porque su madre dijo “¡nooo!”, inmediatamente la expresión del niño se tornó triste, vio su algodón con basuritas, trató de sacudirlo, como si eso fuera a limpiarlo, y al final se resignó, tuvo que dejarlo. Siguió cazando y consiguiendo pedazos nada despreciables pero en un punto se acercó a su padre y le dijo con voz quedita y suplicante “ándale, cómprame uno”, el padre sin dudarlo (¿cómo podría dudarlo después de ver todo el empeño que había puesto su hijo?) le dijo “ándale pues, cómpratelo”; el niño tomó el billete que le brindó su padre, fue con el algodonero, pidió un algodón y esperó con anhelo a que estuviera listo, cuando lo estuvo lo recibió con los brazos abiertos, feliz. Fue a sentarse, y lo comió, era notable su deleite pero al final se empalagó y su madre tuvo que guardarlo.
Lo anterior es una muestra de que la perseverancia es efectiva; ese niño consiguió su cachito de cielo ...




-N.

Comentarios

  1. "Hay discrepancias entre las ilusiones y la realidad", qué cierto, Nati. Me gustó mucho tu entrada y tu historia de éxito.

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